¿Qué tipo de lector eres: benevolente o apasionado?

¿Que te lean por lástima o por placer? Definitivamente, por placer. “Pero ¿qué pregunta es esa?”, te estarás preguntando. Pues es tan obvia como importante. La realidad es que muchos escritores, sobre todo quienes no tienen experiencia publicando sus escritos, mueren por ser leídos, admirados, comentados y valorados. Ese anhelo puede convertirse en una idea obsesiva que los mueva a insistir por todos los medios que las personas adquieran sus libros, que visiten sus webs, que se suscriban a sus redes sociales, etc. De ser así, se encontrarán con que muchos los leen por lástima —o por hacerles “el favor”— y luego se olvidan que existen.

La gente debe leernos porque le place, porque aunque no les solucionemos la vida con nuestros poemas, nuestros cuentos o nuestras novelas, sienten un escape emocional a través de nuestras palabras. Por eso es tan esencial que escribamos no solo pensando en nosotros, sino también en los lectores. Y no se trata de convertirnos en escritores “comerciales”, aquellos que escriben por pedido y/o solo por dinero.

Es como el arte de la conversación. El éxito de una conversación depende de todas las partes que intervienen en ella y en el cumplimiento adecuado de las normas del buen hablante y del buen oyente. En la escritura hay normas del buen escritor —las cuales debe cumplir siempre que escribe— y normas del buen lector (aunque debo confesar que las de este segundo son bastante más flexibles).

El escritor debe pensar en el lector, tal vez no en el momento en que escribe, pero sí en el momento en que edita y reescribe su obra. Debe ser comprensible, de buen gusto, explícito unas veces, intrigante en otras. Debe pensar en el placer que producirá lo que escribe. Si tu lector está leyendo a la vez que corrige tus múltiples fallas gramaticales o te reclama por tus clichés, es poco probable que vuelvan a darte otra oportunidad. ¿Por qué? Porque en esta era gobierna un ideal: “Hay muchos libros por leer y poco tiempo para hacerlo. Por eso, elige LOS MEJORES”. Si los tuyos no están entre los mejores, o siquiera entre los que valen la pena, no alcanzarás tu objetivo de ser leído. A menos que lo que menos te importe es ser leído, tendrás que pensar un poco en el impacto de tus escritos sobre tus posibles lectores.

Si tu lector siente placer, créeme que volverá por ti (a menos que sea un lector olvidadizo o poco acostumbrado a leer). Si has despertado su curiosidad, su imaginación, si sus neuronas han falseado gracias a tus expresiones enigmáticas e inteligentes. ¡Hombre, si lo has enganchado, en pocas palabras!, créeme que volverá a tus páginas. No necesitarás pedirle que se suscriba, que te siga, que te lea. “Tus obras dirán más que tus palabras”. O más amoldado al escritor: “Tus palabra sobre el papel dirán más que tus peticiones de clemencia”.

No es abusivo decir que son los lectores los que deben suplicarte por leer más de ti. Si ocurriera lo contrario estarías en aprietos. Pero ¿cuál es la clave? Primero, sé constante y consecuente. Segundo, recuerda que hay más felicidad en dar que en recibir. Tercero, incursiona y revoluciona. Y cuarto, esmérate porque tu material sea de buena calidad.

Si te ha agradado este artículo, házmelo saber. Si no, también házmelo saber. Sobre todo déjame en los comentarios si deseas que en futuros artículos amplíe las ideas presentadas en el párrafo anterior. Saludos y que tengas excelente día. ¡Muchísimas gracias!

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