¿Tiene un autor “graves problemas psicológicos” por tener la capacidad de escribir cosas crudas y, en ocasiones, sin ninguna censura?

Para comenzar este artículo, quisiera hacer una pregunta: ¿Tiene un autor “graves problemas psicológicos” por el hecho de tener la capacidad de escribir cosas crudas y, en ocasiones, sin ninguna censura? He tenido la oportunidad de conversar con personas que piensan que sí. Atribuyen categóricamente a una mala cabeza los relatos retorcidos y siniestros, como si las cabezas “santas” e “inocuas” no pueden ser capaces de describir con viveza las cosas más aviesas y asquerosas.

Tal vez suene absurdo lo que digo, pero es mi opinión. Un escritor solo dice la verdad. Con frecuencia escribe de lo que sabe, aunque no lo haya conocido de primera mano (y tal vez nunca lo conozca). Desde mi punto de vista, los realmente retorcidos son aquellos que no saben separar la ficción de la realidad, aquellos incapaces de distinguir entre lo que se puede hacer y lo que no. ¡Y vaya tristeza y lástima que inspiran estos pobres lectores, los que no reconocen la frontera entre la fantasía y el mundo real!

¿EL ESCRITOR O EL LECTOR?

Supongamos que alguien lee una novela que se adentra en los pensamientos de una persona que considera el suicidio como una opción legítima al cese de sus problemas. Titulémosla Los últimos días sobre la Tierra. ¿Te gusta? ¿Cómo la titularías tú? La obra no tiene como objetivo incitar a nadie a suicidarse ni convencerle de que el suicidio es una opción. Tal vez solo narre los hechos para que el lector comprenda las cosas que pasan por la cabeza de una persona con estos problemas mentales (es decir, el personaje, no el autor). El autor solo intenta materializar el hecho. Incluso puede que se haya tomado la molestia de redactar un prefacio o un epílogo aclarando que está radicalmente en contra del suicidio y por eso mismo escribe esta historia.

Pero su material puede caer en las manos equivocadas. Puede llegar al poder de una persona con SERIOS PROBLEMAS MENTALES que use aquella historia como combustible de sus propios pensamientos viles. (Tengo que confesar aquí que estoy en contra del suicidio). ¿Es culpa del autor? Tal vez no. Él pudo ahorrarse la tarea de escribir aquello para no perjudicar a nadie, pero si todos los autores pensaran de esa forma, creo que existirían muy pocas novelas interesantes. Tal vez ni siquiera la Biblia existiría, porque algunos la toman tan al pie de la letra que se convierten en parodias de la espiritualidad. Pero bueno. Acá: el autor debe decidir, es verdad, pero el lector también debe decidir y ser consciente de lo que está leyendo y de cómo le afectará el hacerlo.

CASOS REALES

Las autoridades de Estados Unidos le imputaron culpa (o más bien diría “responsabilizaron indirectamente”) a Stephen King por una serie de tiroteos ocurridos en centros de estudio. Afirmaban que los jóvenes criminales habían estado influidos por la novela Rabia, publicada por King bajo el pseudónimo de Richard Bachman. La novela no animaba a nadie a cometer tiroteos, solo pintaba un cuadro muy realista de la mentalidad juvenil imperante en Estados Unidos —la cual se mantiene hasta hoy, por lo visto—. ¿De quién fue la culpa en realidad? Yo no defiendo a Stephen King, no soy su abogado ni un analista de sucesos mundiales, pero lo que sí me atrevo a decir es que si tienes problemas psicológicos, no te metas donde no debes. Si tienes tendencia a ser un criminal, busca ayuda y no te hundas más en el hoyo de las desgracias.

De resto, dejemos que los autores escriban tranquilos sobre lo que deseen. Si no nos gusta lo que escriben, dejémoslo de lado. Hay muchas historias positivas y amenas que no atacan de forma tan perversa nuestras debilidades emocionales. Si eres padre, supervisa lo que tu hijo lee, escucha, juega o maquina.

¿QUÉ HACER?

Sobre esto último, tengo una anécdota interesante. Dentro de algunas fes cristianas, los ídolos son algo repugnante. Hasta la palabra ídolo chirrea en los oídos. Y entiéndase el término como algo o alguien a quien se le entrega la adoración que solo debe recibir el Dios verdadero de la Biblia. Pues me fijé en un niño de cierta rama cristiana decirle a su compañero de juegos: “¡Destruiré a tu ídolo! ¡Mira lo que hago con tu ídolo!”. Ambos compartían creencias, pero algo en la crianza de estos pequeños no andaba muy bien, era inconexa con la religión que profesaban. Cosas por el estilo suceden siempre. Por eso, antes de juzgar un libro (que si la saga de After enseña a tener un amor tóxico o Cien años de soledad aprueba el incesto), dedícate a analizar las obras con un ojo más objetivo y menos ñoño. Si no te sientes cómodo con ningún libro, ponte a arreglar el jardín o intenta conocer mejor la comarca donde vives.

Es magnífico que cada quien tenga sus criterio sobre lo que va a leer. Eso no lo critico. Pero, en el mundo de los libros, de lo que estamos cansados es de los lectores y los no lectores que nos juzgan por lo que escribimos y nos malponen ante la sociedad como unos perversos y unos sucios. No tenemos que pasar por ciertas experiencias para poder describirlas. ¿O es que acaso Julio Verne hizo todos aquellos “viajes extraordinarios” que cuenta en sus magníficas historias? ¡Por favor! Es tal como dije arriba, aprendamos a separar la imaginación de la realidad. En cierta oportunidad leí en una novela que se describía el sabor de la sangre como “dulzón”. Yo nunca he probado la sangre (¡y tampoco era una novela de vampiros, hombre!), pero aquella descripción se me quedó grabada. Si algún día tuviera que decir que uno de mis personajes, mascando un chicle, se muerde la lengua y degusta el sabor de su propia sangre, recurriré a este recuerdo para poder describirla. ¡Ya está! (Tampoco diré que la sangre sabe a algodón de azúcar, ja ja ja ja).

Si logramos dejar de criticar y juzgar a los demás, seremos muuuuy felices, leamos mucho o no.

Espero que este artículo te sirva de algo, al menos para entender lo que pienso. Si te agradó la lectura, déjame un comentario, y si no, también. Un saludo cordial y muchísimas gracias.

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